diciembre 9, 2021

Voz Nortecaucana

La Voz De Nuestra Gente

‘Mi hija no se suicidó, creo que la iban a meter en una red de trata’

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Cuatro años después de la muerte de Sara Ramírez Bonilla, su madre continúa atando cabos.

El 2016 fue un año caótico para la vida de María Claudia Bonilla, perdió una parte de su alma e hizo hasta lo imposible por saber qué había pasado con su hija. En la actualidad, todavía quedan en el aire muchas dudas, y solo -asegura- la paz de Dios le ha permitido levantarse.

«Tengo documentos de todo –asegura María Claudia–. Fui a la Fiscalía en la embajada de México, a todas partes y nunca me dieron ninguna razón, ni en la Procuraduría de México, nada. Estoy igual que hace cuatro años«.

1.460 días después de la extraña muerte de Sara, su madre no deja de preguntarse por lo que pasó. Le encantaría tener alguna certeza, pero si de algo está segura es que su hija no se suicidó.

«Yo quiero la verdad, es todo lo que quiero –señala la compungida madre–. Yo lo que no quiero es que otras mamás tengan que vivir lo que yo viví con Sara. Nadie se merece eso».

Sara Ramírez Bonilla, de 22 años, llevaba apenas una noche en Cancún (México) cuando apareció muerta como si hubiera caído del octavo piso del hotel Villas del Palmar.

Había llegado el 29 de julio en compañía del venezolano Antonio Digiore, un joven con el que salía desde hacía varios meses y que había conocido en Miami (Estados Unidos), donde Sara residía en compañía de su padre, Bernardo Ramírez, y la esposa de él.

«Ellos eran novios, estaban saliendo –explica María Claudia–. Ella estudiaba administración de empresas en el Broward College y estaba de vacaciones. Me dijo que iban a ir a Cancún a pasar el fin de semana porque Antonio se encontraba indocumentado, por lo que tenía que estar entrando y saliendo del país. No estuve de acuerdo con eso, discutimos, pero finalmente accedí y no quise decirle nada más».

Pasaron la tarde en la piscina del hotel y sobre las 11:30 de la noche se fueron a Cocobongo, una discoteca local.

Ella bebió medio coctel, según el relato de Digiore en aquel 2016. Bailaron y hacia la 1:30 a. m. del 30 de julio regresaron.

«El novio me contó que ya en el hotel subió a cambiarse la camisa, porque estaba un poco sudado, y la niña se quedó abajo –cuenta María Claudia–. Él se demoró 40 minutos y al bajar mi hija se había esfumado».

María Claudia hace una pausa. Recordar es tocar de nuevo una herida que permanece abierta. Se lamenta por no haber sabido antes lo que el destino le deparaba a su hija en ese viaje, aunque se opuso cuando supo de él, finalmente accedió y lo lamenta, aunque no tenía cómo saber lo que ocurriría.

Según el relato del joven venezolano a la familia de Sara en Estados Unidos, al no encontrar a su novia, recorrió cada pasillo, la recepción y la piscina, y subió más de tres veces a la habitación. Le escribió a su celular, pero nunca respondió.

«Él nos contó que cada vez que preguntaba a los empleados del hotel le decían que ya aparecería –recuerda María Claudia–. También le decían que no había cámaras de seguridad».

Al clarear el día, Digiore vio a un grupo de personas que rodeaban el cuerpo de Sara, cerca de la piscina.

Los tobillos de Sara estaban rotos y sus brazos tenían raspaduras, pero el rostro estaba intacto.

Cuando intentó acercarse más, según lo relatado por él, dos hombres de civil, que se identificaron como policías, lo sujetaron por los hombros y se lo llevaron a una habitación del hotel, donde lo intimidaron y le exigieron 5.000 dólares para no incriminarlo por la muerte de su compañera.

Antonio pudo liberarse un momento de los policías y avisó a la familia de Sara sobre lo ocurrido. Su madre recibió la terrible noticia sobre las 2 de la tarde. Lo que aún desconocía la familia era el manto de interrogantes que empezaban a cubrir la muerte de la joven.

Una odisea que no termina

Para María Claudia Bonilla, lo ocurrido con su hija prueba la existencia de una red criminal.

«Llamé a las 3 de la tarde del 30 de julio al hotel ese, y me dijeron que los jóvenes (Sara y Antonio) estaban por fuera y que cuando volvieran nos avisaban –denuncia María Claudia–. A esa hora ya habían levantado el cuerpo de mi niña; muy raro. Cuando por fin puedo llamar al teléfono de mi hija me contesta es la policía, todo muy raro«.

Luego de poner al tanto a la familia de Sara, Digiore fue abordado de nuevo por los supuestos policías –que no portaban placa–; lo llevaron hasta el aeropuerto de Cancún y de nuevo le exigieron la suma de dinero para dejarlo salir.

Según el relato del joven venezolano, consiguió que unos amigos le giraran el dinero, pero la transacción no se hizo efectiva. Los supuestos policías se fueron pensando que lo exigido ya estaba en sus cuentas y lo dejaron en el aeropuerto. Allí permaneció en un baño hasta viajar de vuelta a Estados Unidos.

María Claudia viajó hasta Cancún en compañía de su pareja para poder sacar el cuerpo de Sara y darle sepultura, pero los problemas recién empezaban.

tomado de: eltiempo.com


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