diciembre 1, 2021

Voz Nortecaucana

La Voz De Nuestra Gente

La historia de los asesinatos que están reconociendo las Farc

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Tras sorpresivo reconocimiento de responsabilidad en crimen de A. Gómez, estas son otras víctimas.

Además de la sorpresiva admisión de responsabilidad en el magnicidio de Álvaro Gómez, que casi 25 años después da un giro dramático en cuanto a posibles responsables, las Farc anunciaron en una carta a la Jurisdicción Especial de Paz su intención de reconocer otras cinco muertes que marcaron las peores décadas de la guerra en el país.

Los asesinatos del exprofesor de la Universidad Nacional Jesús Antonio Bejarano (1999), del excomandante del Ejército y exministro de Defensa Fernando Landazábal Reyes (1995); del excongresista Pablo Emilio Guarín (1987) y de dos jefes guerrilleros (Hernando Pizarro Leongómez y José Fedor Rey (alias Javier Delgado) también están en la lista que los jefes de las Farc se comprometen a confesar plenamente. ​

Salvo el caso de Gómez y, en menor medida, en el de Bejarano, en los otros expedientes se había señalado a esa guerrilla por los asesinatos. Esto es lo que había hasta ahora en esos procesos.

El asesinato del excandidato presidencial y ex presidente de la Asamblea Nacional Constituyente Álvaro Gómez Hurtado sacudió a Colombia el 2 de noviembre de 1995, en plena crisis del gobierno Samper Pizano por el escándalo de la infiltración del cartel de Cali en su campaña presidencial del año anterior (el famoso Proceso 8.000).

A lo largo de un cuarto de siglo, las hipótesis se habían movido entre un supuesto crimen de Estado -la familia sostiene que altas fichas del gobierno de turno veían a Álvaro Gómez como su principal crítico-; un asesinato cometido porque Gómez se negó a apoyar un supuesto intento de golpe contra Samper (la tesis del mismo expresidente, que señala que el magnicidio buscaba además precipitar su caída del poder), y un crimen perpetrado por los paras y el cartel del Norte del Valle para favorecer a altos políticos de la época (apoyada en la versión que en su momento dio el desaparecido exjefe de las Auc Carlos Castaño y que han mencionado algunos capos del norte del Valle como ‘Rasguño´).

La hipótesis de la autoría de las Farc sorprende porque hasta ahora no había en la investigación del magnicidio un solo indicio fuerte hacia esa guerrilla. De hecho, la familia de Álvaro Gómez la calificó como «indignante» y sostiene que buscaría, a través de la mediación de Piedad Córdoba, supuestamente favorecer al expresidente Ernesto Samper. 

En el momento del crimen, las Farc empezaban su peor escala guerrerista con las grandes tomas de poblados y bases militares. Y en cuanto a sus relaciones con Álvaro Gómez, siempre lo vieron como uno de los grandes ideólogos y líderes del establecimiento. De hecho, le fueron abiertamente hostiles por décadas, en buena medida por su condición de hijo del expresidente Laureano Gómez, uno de los mandatarios más duros del siglo pasado en Colombia y protagonista de primera línea en la conocida época de La Violencia. 

Pero el Álvaro Gómez Hurtado de finales de los 80 y comienzos de los 90 era visto por la izquierda colombiana como un opositor respetado. Más desde su participación en la Constituyente del 91 y tras su intenso trabajo por lograr que el país empezara a cambiar las estructuras de poder que él denominaba «el régimen». Por eso sorprende que las Farc hayan participado en ese asesinato y por eso el país seguirá con lupa las confesiones de los jefes guerrilleros que han anunciado su intención de hablar ante la JEP. 

Además, la confesión de las Farc abre un nuevo capítulo para Héctor Paúl Flórez Martínez, el único condenado por el magnicidio y quien paga 40 años de prisión.

El año pasado la Corte Suprema se negó a revisar la condena. Pero ahora la prueba sobreviviente representada por la confesión de las Farc podría darle un vuelco al proceso de un hombre que lleva negando décadas.

El crimen de Jesús Antonio Bejarano, en septiembre de 1999, es otro de los miles perpetrados en los años más duros de la guerra en Colombia que permanecen en la impunidad. 

Fue un ataque de sicarios en plena capital del país y solo hasta ahora hay un reconocimiento abierto de las Farc de que sus garras estuvieron detrás de la muerte de uno de los hombres que, paradójicamente, más lucharon por la paz de Colombia.

Hasta ahora se tenían versiones off the record y algunas deducciones: estas apuntaban a que algunos de los sectores más guerreristas de las Farc consideraban a Bejarano como enemigo porque terminó aceptado la presidencia de la Sociedad de Agricultores Colombianos (SAC), que en su momento fue una de las organizaciones gremiales más duras en contra de las guerrillas. 

Bejarano, según recuerdan varios de sus allegados, consideró esa oportunidad como una puerta para llevar nuevas ideas a una organización pétrea. Pero pocos meses antes de su muerte renunció a la SAC, precisamente por esas tensiones con el establecimiento del agro, que lo consideraba demasiado ‘izquierdoso’. 

Jesús Antonio Bejarano fue un académico de la paz. Economista y profesor de la Universidad Nacional, a comienzos de los 90 se embarcó en la búsqueda de la paz con las guerrillas y su firma aparece en los acuerdos que llevaron a la desmovilización del EPL en el gobierno Gaviria.

También fue negociador oficial en las negociaciones de Tlaxcala y Caracas con la Coordinadora Nacional Guerrillera, que no terminaron en nada y que fueron el inmediato antecedente de la peor escalada violenta de las Farc en la historia: las sangrientas tomas de la segunda mitad de los 90 que dejaron centenares de civiles, policías y militares muertos y al menos 300 uniformados secuestrados.

tomado de: eltiempo.com

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