diciembre 1, 2021

Voz Nortecaucana

La Voz De Nuestra Gente

Jesús Santrich murió hace 30 años y un guerrillero robó su identidad

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A 30 centímetros de distancia, cara a cara, la mirada del auténtico Jesús Santrich fue intimidante.

Pero más sus secas y fuertes palabras:–¿Qué carajo haces aquí, pelao?

Quedé desconcertado. En fracción de segundos, solo pensé: ¿qué quiere este ‘man’, que no acepta que un defensor rival como yo llegara en ataque hasta la zona de defensa de su equipo, que él ocupaba?

Lo tenía identificado, no por su nombre, sino por su apodo: ‘El Babillo’, y me llamó la atención que, a diferencias de los demás, jugaba con botas de cuero. Tenía pantaloneta muy corta y ‘amansa locos’ (camiseta fresca manga larga color crema, usadas por los cumbiamberos en Carnaval y campesinos del Caribe para protegerse del sol).

–¿Te asustate? –me preguntó más serio, de inmediato… Y, de repente, cambió el semblante y explotó en burlona y larga carcajada.

–¡Sigue jugando, pelao! –me dijo, sin dejar de reírse, al tiempo que puso su mano en mi pecho para que iniciara el regreso a mi campo–. Te estoy mamando gallo…

Ocurrió una mañana de las vacaciones colegiales entre diciembre de 1972 y enero de 1973, en partido de bola de trapo (fútbol callejero), disputado en la entonces destapada calle 64 –bulevar que divide a los populares barrios de Los Andes y San Felipe–, entre las carreras 23 y 23 C, en Barranquilla.

Entonces, en San Felipe se denominaba sus carreras, entre las calles 64 y 68, de manera especial de la 27 a la 21 B. Nosotros, los de la 23 C, éramos ‘La 9’, unos pelaos entre 12 y 13 años que nos hacíamos llamar ‘Los Cracks’, visitábamos a los de ‘La 10’ (23 B, que estaba en la mitad de la improvisada cancha).

Ellos eran jóvenes mayores en unos cuatro o cinco años, como Santrich, ‘Pico’ y Nelson Viloria (representante a la Cámara por la UP entre 1994 y 1998), y otros más cercanos a nuestras edades, como ‘Guilligan’ y ‘Escuriño’.

Este recuerdo, el primero de persona a persona, se me viene a la mente ahora, cuando el pasado 17 de noviembre se cumplieron 30 años del asesinato de Jesús Santrich, nombre que después un amigo suyo, el sucreño Seuxis Pausias Hernández Solarte, tomó al ingresar y llegar a la cúpula de la guerrilla de la Farc y hoy ser prófugo de la justicia y miembro de la disidencia de ese grupo disuelto.De ‘Juventud Chévere’

Un contacto previo, pero en grupo, fue meses antes. Recuerdo una tarde que se dirigió al ‘combo’ en que yo estaba sentado, en la esquina suroccidental de la carrera 24 con calle 65 B, donde años después encontraron 20 millones de pesos en billetes del ‘robo del siglo’ al Banco de la República de Valledupar.

Sentados del lado de la calle, lo vimos aparecer corriendo, bajando por la 24. Cruzó por la 65 B en busca de su casa. Gritó ‘¡Viene ‘La chivita!’ Nosotros corrimos detrás de él.

Era la patrulla de la Policía, que perseguía a estudiantes por manifestaciones cerca a la Iglesia de San Felipe, en la calle 70 C, donde por esos días hubo, en una marcha, la quema de un furgón del Idema (años más tarde me enteré que estaba por el sector, y cuando llegó la Policía le tocó correr, perdiendo un zapato).

Un segundo contacto directo fue la tarde del 8 de octubre de 1974. Íbamos a salir al primer recreo en el Colegio Barranquilla, donde cursaba primero bachillerato, cuando nos invitaron a la calle, frente a la institución, alumnos de la mañana.

Eran miembros de la Juventud Comunista (Juco). Entre ellos, él –tenía botas como las que jugó fútbol, pantalón caqui y, como todos nosotros, tula de cuero– para hablarnos de que ese día y el siguiente se conmemoraba algo que yo desconocía: ‘La semana del Che Guevara’.

–¿En qué curso estás? –me preguntó al verme–. Ya no vas a jugar fútbol por la casa…

–En Primero F –le respondí–. Me mudé a la 27, allí mismo en San Felipe, el viernes de Carnaval del año pasado.

–¿Tú estudias aquí? Pensé que estudiabas en el Carlos Meisel –le dije, porque unos conocidos estudiaban con él y sabía que pertenecía a la Banda Musical (tocaba el redoblante).

–Sí, estudié en el Meisel hasta el año pasado –contestó–. Pero este año me pasé para acá. Estoy en quinto (se graduó al año siguiente, en 1975, en el Barranquilla, con un fiestón en que tocó el picó El Gran Che, y que con sus compañeros festejaron por tres días).

–¿Y eres de la Juco? –pregunté.

–Sí, pero de un ala diferente: soy de la ‘Juche’… –respondió, y, al ver mi expresión de no entender, remató en medio de una sonora carcajada –: ‘Juventud Chévere’.

Recuerdo que la reunión se acabó cuando sonó el timbre de final de recreo y nadie regresaba a clases, hasta que salió el Prefecto de Disciplina, Adalberto Ripoll, que resultó ser tío-abuelo de Shakira, y dio la orden: «¡Todos adentro!».

La muerte de Jesús Francisco Santrich Núñez, nacido el 23 de enero de 1956, es decir cuando tenía 34 años, fue muy sentida. Velado en casa, fue sepultado la tarde del lunes 19 de noviembre, para darle chance a su madre que llegara de Venezuela.

Lo llevaron en hombros hasta el cementerio Universal, con temas musicales, ‘La cinta verde’ y ‘Juan González’, escuchándose en altoparlantes, en quizás el más concurrido sepelio en San Felipe en todos los tiempos, con unas 2.000 personas.

Los movimientos de izquierda consideraron el caso como un crimen político. Y así lo expresaron en el recorrido, que quiso llegar a la sede del DAS, ubicada en la calle 54 entre carreras 41 y 42. Pero tocó cruzar por la 54 con 38, porque la vía estaba cercada para evitar el paso hasta esas dependencias.

Su amigo Ernesto Ramírez iba al frente de recorrido repitiendo, una y otra vez, megáfono en mano, «¡Sí, señor, cómo no, el Gobierno lo mató!».

Al año siguiente, en 1991, Seuxis Pausias Hernández Solarte ingresó a la guerrilla de la Farc y se hizo llamar ‘Jesús Santrich’, como homenaje a su amigo universitario, con quien había tomados cerveza, donde Isidora, para ‘calentar motores’ en una noche de sábado entre 1987 y 1988.

«… Fue hasta 2012 que su nombre empezó a aparecer en titulares de prensa. Ocurrió en Noruega, la primera sede de los acuerdos (de Paz)», escribe en su excelente libro ‘Las batallas perdidas de Santrich’, la periodista Diana María Pachón.

Hoy, tres décadas después de su partida, sus amigos lo recuerdan con cariño, expresando, eso sí, que no merecía esa muerte.

‘Pico’ fue el último de San Felipe en verlo con vida, el viernes 16, como a las 5:00 de la tarde, cuando regresaba del trabajo, en la esquina de la 21 B con 64, frente al estadero La Candelosa. Santrich, que acababa de salir de su casa e iba en la otra acera del bulevar, donde queda una supertiendas Olímpica, lo vio y cruzó la calle.

–‘Pico’: hazme la ‘segunda’ para tomarnos unas ‘frías’ –le dijo Santrich–. Te acompaño a tu casa para que te cambies (estaba en ropa de trabajo).

–Hoy, no, Jesús. Tengo un dolor de cabeza insoportable –respondió ‘Pico’, que al llegar a su casa se tomó una pastilla de Ponstan y se durmió.

Temprano, el sábado, el barrio amaneció sin agua. ‘Pico’ regresaba con un balde lleno del líquido del patio al baño, para bañarse, cuando se encontró de frente con un hermano suyo, que sabía que él salía a tomar con Santrich a ‘El Decanito’ (había ido dos veces).

–¿Anoche con quién estabas tú tomando? –le preguntó el hermano.

–Con nadie –respondió ‘Pico’–. Me acosté temprano. ¿Por qué?

–Esta madrugada mataron a Jesús Santrich.

El balde de agua rodó por el suelo y ‘Pico’ estalló en llanto, como ahora, cuando recuerda aquello…

tomado de: eltiempo.com

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